El lama que me ignoró

14 March 2026

Lo que sigue es un relato profundo y lleno de humor sobre cómo encontrar al lama en su ausencia, brillantemente escrito por Kencho Wangdi (Bonz), ex editor de Kuensel, que te hará querer releer «¿Cómo saber si no eres budista?».

El lama que me ignoró

El libro de Dzongsar Khyentse Rinpoche «¿Cómo saber si no eres budista?» es un remedio amargo disfrazado de libro. Me cambió la vida antes de entender por qué.

Durante años lo había vislumbrado de pasada, en manos de extraños, reclinado sobre las mesas de salón de mis amigos, su cubierta—esos ojos que no parpadean—tirando de mí como una citación que seguía rechazando. Aun así, no fue hasta enero del 2020, trece años después de su publicación, que finalmente en Bodhgaya me hice con una copia del libro de Dzongsar Khyentse Rinpoche «¿Cómo saber si no eres budista?»: un ejemplar pirateado de bolsillo que pregonaba un comerciante parlanchín en un callejón de tierra frente al templo Mahabodhi. Estaba de un humor de perros aquel día.

Unas semanas antes en Thimphu, Khyentse Rinpoche—siempre encantador cuando le conviene—había accedido a darme una entrevista para una reseña que estaba escribiendo para Kuensel, con una condición: que me uniera a él en la India—en Pune y Bangalore, donde estaba dando enseñanzas ese mes. Recién cautivado por el Vajrayana y ansioso por complacer a un maestro, acepté de inmediato.

Asistí a sus enseñanzas con el fervor de un monje novicio que está acumulando cien mil postraciones. Pero cuando finalmente llegó la hora de la entrevista, el lama se esfumó. Desapareció, como la niebla matutina, en el momento en que me puse en contacto. Me quedé perplejo. Planeé emboscadas—merodeé por los pasillos, aceché por las salidas, me agaché tras un baniano—pero ninguna de mis estratagemas funcionó. Las llamadas y correos electrónicos sin respuesta pendían del aire de mi habitación de hotel como una broma pesada cuyo remate yo desconocía.

Con mi orgullo destrozado e indefenso, me escapé de Bangalore a Varanasi y de ahí a Bodhgaya, donde, una tarde, a la deriva entre multitudes de peregrinos, me tropecé con el libro. Fue esa misma mirada fija la que me llamó la atención. Durante las dos semanas que permanecí allí, fue mi compañero inesperado. Había venido a escribir una crónica de la sabiduría de un maestro, pero en cambio, me encontré siendo educado por su ausencia.

Desde entonces, he aprendido que las lecciones del Dharma caen como la lluvia del monzón—no en las cómodas salas de enseñanzas cuidadosamente seleccionadas, sino en los puestos de los callejones de expectativas destrozadas y egos agujereados. Años después, me di cuenta de que Khyentse Rinpoche me había concedido la entrevista después de todo, solo que no con palabras. Llegó en el teatro astuto del abandono: me dejó plantado frente a un espejo cuyo cristal se rompió precisamente donde mis múltiples vidas de postureo espiritual se habían calcificado. Encendió una mecha.

Así que fue con considerable alegría que hace poco descubrí que la segunda edición del libro estaba disponible [nota de traducción: aún no lo está en español]. Las revisiones son modestas—terminología refinada, ilustraciones actualizadas, un nuevo prólogo y epílogo—pero el libro es inamovible en su tono y mordacidad. En el nuevo epílogo, Khyentse Rinpoche reflexiona sobre lo que significa ser budista «para aquellos que quieren ir más allá»—más allá de la identidad cultural, más allá de pertenecer a instituciones, más allá del confort de identificarse uno mismo como budista sin preguntarse lo que eso significa. Solo al releerlo comprendí verdaderamente que el libro encarna al propio lama: firme como la cima de una montaña, travieso como una deidad pícara y despiadadamente compasivo como el bisturí de un cirujano.

«La gente a menudo asocia el budismo y los budistas con la paz, la meditación y la no violencia», observa Khyentse Rinpoche al comienzo. «De hecho, muchos parecen pensar que lo único que se necesita para ser budista es una túnica color azafrán o granate y una sonrisa pacífica». Esto, escribe, es como confundir el menú con la comida. El libro, en esencia, es una rebelión contra esa confusión—un salpicón de agua fría encaminado a desarmar la versión depurada occidental del budismo que se ha convertido en el estándar global. Pensar que llevar túnica, no comer filete o sentarte todo el día en un zafu te hace budista, argumenta Rinpoche, es como creer que un maniquí con uniforme de piloto puede volar un avión.

El libro se mete especialmente con la tendencia occidental a tratar el budismo como un bien de consumo. El difunto Chögyam Trungpa Rinpoche, uno de los primeros maestros que trasplantaron el Vajrayana a orillas occidentales, tenía un término para esto: materialismo espiritual—la tendencia a acumular prácticas y metas espirituales como posesiones en vez de empuñarlas como herramientas para la liberación. Khyentse Rinpoche observa cómo a menudo los buscadores occidentales se acercan al budismo como si fuera un buffet de autoayuda y escogen deliberadamente la atención plena para la reducción de estrés, mientras rehúyen las enseñanzas sobre la impermanencia y la vacuidad que amenazan con volcar su equilibrio. Al igual que Occidente ahuecó el yoga—una disciplina espiritual india profunda que redujo a un régimen de ejercicio—también corre el riesgo de reducir el budismo a una marca de estilo de vida.

Entonces, ¿qué te hace ser budista? El verdadero budismo, insiste Khyentse Rinpoche, no es algo estético o ético, sino un cambio sísmico en tu forma de percibir la realidad. Significa aceptar—no solo intelectualmente, sino en tu médula—los Cuatro Sellos de las enseñanzas del Buda. El primero: todas las cosas compuestas son impermanentes. No solo en el sentido obvio de que todo muere, sino en la verdad aún más sutil e inquietante de que nada que ha sido fabricado—ninguna circunstancia, emoción o concepto—se queda quieto. El segundo: todas las emociones son dukkha. No porque la vida sea intrínsecamente miserable, sino porque ningún pensamiento o sentimiento, por muy exquisito que sea, nunca nos satisfará completamente. Nos aferramos, y el aferramiento es la herida. El tercero: todos los fenómenos están vacíos de una existencia inherente—son ilusorios, interdependientes y sin la realidad fija e independiente que normalmente les proyectamos. El cuarto: la liberación, el nirvana, trasciende todas las categorías que la mente humana pueda concebir—más allá del tiempo, más allá de los conceptos y más allá aún de nuestros sueños más refinados.

Si aceptas estos cuatro, escribe Khyentse Rinpoche, has cruzado el umbral—independientemente de dónde hayas nacido, cómo vistas o si has oído alguna vez el nombre de Buda Shakyamuni. Si los rechazas, puede que seas espiritual, ético e incluso sabio—pero no eres, por definición, budista. Tampoco es necesario, añade, andar por el mundo siendo constantemente consciente de estas verdades. Solamente tienen que habitar en ti—de la misma forma que llevas tu nombre sin anunciarlo hasta que alguien te llama y respondes sin dudar.

La meditación te puede calmar los nervios antes de una reunión de junta. Pero si la separas de los Cuatro Sellos, es solamente una aspirina espiritual para el dolor más profundo del delirio existencial. Los Cuatro Sellos, argumenta Rinpoche, no son doctrinas abstractas, sino parte esencial del budismo—la base que lo distingue de todos los demás caminos. Como dice Khyentse Rinpoche: «A fin de cuentas, esta visión es la que determina nuestra motivación y nuestras acciones. Es la visión la que nos guía en el camino del budismo». Los Cuatro Sellos no niegan la belleza de la vida, la intensifican. Aceptar la impermanencia es saborear cada momento precisamente porque no va a durar. Comprender la vacuidad es ver que nada—tu tristeza, tu alegría o siquiera el yo que las experimenta—existe por sí solo o en perpetuidad. Cuando las tormentas de la vida te azotan—y lo harán—, los Cuatro Sellos no te ofrecen un techo sobre la cabeza, sino tierra firme bajo los pies.

Debo confesar que antes de leer este libro, necesitaba su reprimenda más que la mayoría. Veía el budismo—al igual que la mayoría de las cosas—a través de una lente occidental. Para mí, la occidentalización era sinónimo de progreso. Donde yo crecí en Bután, la gente trataba al budismo como una reliquia familiar que se abrillanta para exhibir, pero que ha sido despojada de su función; heredada con los muebles en vez de vivida. Era menos un camino que un amuleto: algo que llevas contigo para prevenir la mala suerte, no para trasformar al que lo lleva. Esto simplemente confirmó mis sospechas de que el veredicto occidental era correcto: el budismo era una reliquia sin lugar en un mundo gobernado por la ciencia y la lógica.

Creía que todas las religiones eran esencialmente iguales—que ser amable y evitar hacer daño es todo lo que hay que hacer, el credo que el personaje de Ethan Hawke articula con tanto encanto en la película de Linklater, Antes del atardecer—que la decencia lo es todo, y que la vida examinada comienza y termina ahí. Como supuesto heredero del budismo, yo estaba tan perdido como los occidentales que idealizan los mandalas de arena pero ignoran su mensaje de impermanencia—un prisionero voluntario del colonialismo intelectual, vestido con túnicas de progreso.

El libro de Khyentse Rinpoche fue, para mí, más que un libro, un exorcismo. Desmanteló no solo la caricatura occidental del budismo, sino también la butanesa. En Bután, a la gente le gusta decir que debes practicar el dharma una vez que llegues a los cincuenta o a los sesenta—después de haber construido tu vida. Aquí está implícita la creencia de que la verdadera utilidad del dharma es asegurar un renacimiento favorable. Khyentse Rinpoche argumenta que esto revela no solo una ignorancia de la impermanencia, sino una mala interpretación profunda de lo que el Buda enseñó.

El Buda no le dijo a nadie que abandonara a su familia y se fuera al Himalaya. Le dijo a un banquero que siguiera trabajando en la banca, a un padre que siguiera criando a sus hijos—pero que lo hicieran con la visión. «Ser budista», escribe, «no quiere decir que nunca vayas de vacaciones». Adopta el dharma lo antes posible, afirma Khyentse Rinpoche, porque te puede convertir en un mejor padre, un mejor colega, un mejor hombre de negocios o un líder más hábil. A aquellos que temen que el budismo demande la renuncia a la ambición o al amor, les ofrece una paradoja: cuanto más sueltas, más recibes. El camino budista, sugiere, es como limpiar el polvo de una ventana. El mundo no cambia, pero la claridad con la que ves sí.

En muchos aspectos, el libro resuena con Para no sufrir más de Pankaj Mishra, que también aborda la relevancia del Buda en un mundo empeñado en ignorarlo. Con el aplomo de un historiador y el dolor de quien está de luto, Mishra se lamenta de cómo la India, el lugar de nacimiento del Buda, ahora lo trata como a un extraño—un sabio casi borrado por un resurgimiento brahmánico y la conquista islámica. Su lamento conlleva una advertencia implícita: es muy posible que lo que la historia hizo con el Buda en la India lo haga con él el materialismo espiritual de Occidente. Ambos escritores resucitan al Buda como a un radical de carne y hueso en vez de un icono sereno. Pero mientras que Mishra excava la historia con la pala de un historiador, Khyentse Rinpoche atraviesa el dogma con el bisturí de un monje—y es el bisturí el que hace sangrar.

La prosa de Khyentse Rinpoche baila entre el rigor académico y el ingenio—calidez, provocación, empatía y travesura en igual medida—como si un debate monástico estallara en tu salón. Como maestro budista, ha heredado un linaje que exige una compasión despiadada: el tipo que hunde tu balsa de decepciones y confía en que sabes nadar. Su deber como lama—según él—no es halagar, sino liberar, incluso si el liberar significa desmoronar los pedestales que le hemos construido a nuestra propia vanidad espiritual. Leer este libro es sentarte con un maestro que te quiere demasiado para mentirte, que comprende que decirle a alguien solo lo que quiere oír es, a fin de cuentas, entregarle una soga recubierta en oro.

Volviéndolo a leer seis años después de ese primer encuentro en Bodhgaya, me doy cuenta de que el libro ha hecho lo que Khyentse Rinpoche promete que el dharma va a hacer: revelar con cada encuentro verdades más profundas, no porque las palabras hayan cambiado, sino porque he cambiado yo. La ventana polvorienta está un poco más limpia. El espejo, afortunadamente, tiene más grietas. ¿Y el lama que me ignoró hace tantos años? Sigue enseñando—en los espacios entre palabras, en el silencio donde tenía que haber habido una entrevista, en el astuto, exasperante y despiadadamente compasivo acto de negarme lo que quería para que pudiera, finalmente, tropezarme con lo que necesitaba.

Escrito por Kencho Wangdi (Bonz), ex editor de Kuensel.

Fuente 🔗 https://kuenselonline.com/news/the-lama-who-ghosted-me

 

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